Relato de ficción ambientado en un lugar real
Las gafas que volvían a una piscina de Valladolid
Valladolid
Al cerrar una piscina de Valladolid, Sofía encuentra unas gafas infantiles que regresan cada noche, aunque nadie viene a reclamarlas.
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Piscina municipal de un barrio de Valladolid, última semana de agosto, nueve menos cuarto de la noche. El agua está quieta y en el suelo de gres quedan las huellas mojadas de los últimos que se han ido.
Sofía tiene veinticuatro años y es su tercer verano de socorrista aquí. Cierra siempre igual: recoge el flotador, encadena la cancela de la piscina de los mayores y revisa la caja de objetos perdidos.

La caja es de cartón y está en el cuarto de las taquillas, con toallas, gomas del pelo y una chancla suelta. Encima, pegada con celo, una hoja donde se apunta el día y lo que aparece. Lo que nadie reclama antes del cierre acaba en el contenedor.
Esa noche, al rodear la piscina grande, ve algo junto al uno cuarenta pintado en el bordillo. Unas gafas de bucear de niño, azules, con la goma dada de sí.
Sofía las apunta en la hoja, las deja en la caja y apaga las luces.
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Al día siguiente, a la misma hora, las gafas vuelven a estar en el bordillo. En el mismo sitio, junto al número. Y en la caja de cartón ya no estaban.

Las levanta hacia la bombilla del vestuario. En la goma, escrito con rotulador negro y medio borrado por el cloro, hay un nombre: Álvaro M. Como marcan las madres las cosas de sus hijos para que no se pierdan.
«Julián, ¿ha venido alguien preguntando por unas gafas de niño?»
«En agosto nadie pregunta por nada. Apúntalas y el domingo, al contenedor. Es lo que se hace todos los años.»

La tercera noche no estaban en el bordillo. Estaban en el primer peldaño de la escalerilla, colgadas del pasamanos, y goteaban sobre el gres.
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La cuarta noche, Sofía las encontró en el asiento de su propia silla de socorrista, con un charco pequeño debajo.
Al día siguiente entró en la oficina y sacó la carpeta donde se archivan las hojas viejas de la caja. Agosto de dos mil veintitrés: gafas de niño, azules. Agosto de dos mil veinte: gafas de niño, azules. Y así hacia atrás, con letras distintas, verano tras verano.
«Yo llevo aquí dieciocho años. Cada septiembre vacío esa caja entera sin mirar lo que hay dentro.»

El domingo, día de cierre, Sofía no llevó las gafas al contenedor. Las colgó por fuera de la verja de la entrada, a la altura de un niño, y escribió el nombre en la hoja con letra grande.
Cuando volvió a abrir la piscina el verano siguiente, la verja estaba vacía. En la hoja del año anterior, debajo de su letra, alguien había escrito una sola palabra: reclamadas.
Si al cerrar aparece siempre algo en el mismo sitio, no lo tires. Déjalo donde puedan venir a por ello.
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