Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El último cajero de Fuentelárbol

Fuentelárbol, Quintana Redonda (Soria)

Aitor necesita efectivo, pero el cajero de Fuentelárbol lo recibe con el nombre de su abuela muerta y le entrega más de lo solicitado.

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En Fuentelárbol, un pueblo de la provincia de Soria con menos de doscientos vecinos, el banco cerró la sucursal hace tres años. Se llevaron las mesas, los carteles y a la directora. Dejaron el cajero.

Aitor llegó de noche, con la casa de su abuela ya vacía y la funeraria esperando un adelanto en efectivo antes de las nueve de la mañana. En el pueblo no quedaba otro cajero a menos de cuarenta kilómetros.

El recinto seguía funcionando, como pasa ahora en tantos pueblos de la España vaciada: sin oficina, sin empleados, solo la máquina y una puerta de cristal que se abre pasando la tarjeta.

Aitor pasó su tarjeta, de un banco distinto al de aquella sucursal. La cerradura hizo clic de todos modos. La puerta cedió sin pedirle nada más.

Dentro olía a cerrado, a moqueta vieja sin recambiar. Metió la tarjeta en el cajero y, antes de pedirle el PIN, la pantalla ya tenía algo escrito.

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"Bienvenida, Rosario." Así se llamaba su abuela. Muerta hacía once días, con la cuenta de aquel banco cancelada mucho antes de que él naciera.

«Esto tiene que ser un fallo de sistema. Una tarjeta antigua que no borraron.»

Marcó de todas formas cien euros, el PIN de su propia tarjeta, y esperó. El contador de la pantalla empezó a girar, despacio, como si contara otra cosa además de billetes.

Salieron doscientos euros, el doble de lo pedido. Y detrás, sin que él lo tocara, empezó a imprimirse un recibo mucho más largo de lo normal.

No era su movimiento. Era un listado de tres años, una retirada al mes, siempre la misma cifra. Y junto a cada fecha, un concepto que ningún cajero imprime: "Para el comedor de los Franciscanos."

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Su abuela llevaba tres años bajando cada mes a ese cajero para dar su dinero en secreto. La última línea del listado tenía la fecha de hoy, la cifra doblada que Aitor guardaba en el bolsillo, y el mismo concepto de siempre.

Aitor dobló el recibo y decidió que los muertos no hacen encargos. Pagó a la funeraria por la mañana, y con lo que sobró llenó el depósito y cenó caliente en el mesón de la carretera.

Antes de irse del pueblo paró otra vez en el cajero, porque le quedaba viaje por delante y ni un billete encima. Metió la tarjeta. La máquina se la tragó sin llegar a encender la pantalla.

Metió los dedos en la ranura buscando el borde de la tarjeta. Y la ranura se cerró sobre ellos. Sin golpe, sin ruido: como una mano fría apretando la suya los segundos justos para que entendiera.

Cuando lo soltó, la pantalla estaba encendida. "Donación recibida. Gracias, Aitor." Y en el móvil, un aviso de su banco: una transferencia que él no había ordenado, con la cifra del recibo al céntimo.

La tarjeta le llegó por correo una semana después, sin remite. Si un cajero de un pueblo vacío te da más de lo que pediste, no es un regalo: es un encargo. Entrégalo donde diga el recibo. A Aitor, desde aquella noche, la mano derecha no le entra en calor.

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