Relato de ficción ambientado en un lugar real
El óculo de la ermita de San Bartolomé, en Ucero
Ermita de San Bartolomé, Ucero (Soria)
Tres reglas protegen a quien entra en la ermita de San Bartolomé de noche, cuando la luz del óculo despierta algo bajo la piedra.
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La luna recorta una dentadura de piedra entre los pinos. En el corazón del desfiladero se alza la ermita templaria, nave de arenisca con un óculo como ojo abierto al cielo.

Antes de entrar te advierten tres cosas: no digas tu nombre en voz alta; no cruces la sombra que dibuja el óculo; y, pase lo que pase, no toques la losa central.
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Dentro huele a frío antiguo. En las paredes, símbolos casi borrados: cruces patadas, una mano, un pez. Todo parece girar en torno a la ermita.
Cuando la luna está alta, la luz que entra por el óculo traza un pentagrama invisible sobre la piedra. Lo ves formarse como un latido bajo tus pies.

Tu respiración se vuelve eco. Un murmullo sin origen surge, semejante a un canto que recuerda voces que ya no existen. Cometes el error de susurrar tu nombre.
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El murmullo se detiene y te lo devuelve al revés desde el rincón más oscuro. A las doce y trece, tres golpes suenan en la bóveda. Tu sombra se desdobla.
Colocas la mano sobre la losa solo un segundo; la piedra está caliente y bajo tu palma late. Sales corriendo al cañón; los buitres duermen.
Oyes pasos que no son tuyos. El móvil grabó un coro que no escuchaste y en la foto del óculo una figura encapuchada, sin rostro, mira hacia arriba. Si vas, respeta las tres reglas.
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Este relato nació como un vídeo del canal. Cada semana publicamos historias nuevas.
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