Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La anciana del Llano Amarillo, en Algeciras

Llano Amarillo, Algeciras (Cádiz)

Mientras espera el ferri en Algeciras, Hamid conversa con una anciana del coche vecino, sin imaginar lo que descubrirá al amanecer.

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Puerto de Algeciras, mediados de agosto, cuatro y media de la madrugada. En la explanada del Llano Amarillo hay cientos de coches en fila esperando el ferri a Tánger Med, con las bacas cargadas hasta arriba y los motores apagados.

Es la Operación Paso del Estrecho. Cada verano cruzan por aquí más de tres millones de personas, y las esperas de cuatro o cinco horas son lo normal. Uno duerme en el coche, o no duerme.

Hamid tiene cuarenta y cinco años y por primera vez hace el viaje solo. Los hijos ya son mayores, su mujer se quedó en Cornellà, y él va a ver a su madre a Tetuán con un Golf gris lleno de regalos en el maletero.

En la fila de al lado hay una Renault Express blanca, de las antiguas, con la baca cubierta por una lona azul atada con cuerdas. Al volante dormita un hombre de unos cuarenta años; detrás, su mujer y dos críos hechos un ovillo. Y en el asiento del copiloto, una anciana con pañuelo en la cabeza, muy despierta, que mira a Hamid.

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Las filas avanzan a trompicones, unos metros cada media hora, y las dos van a la par. Cada vez que los coches se paran, la Renault vuelve a quedar ventanilla contra ventanilla con el Golf.

Hamid baja el cristal para que entre algo de aire de mar. La anciana, al verlo, baja el suyo también, despacio, con esa manivela antigua que hay que dar vueltas.

«¿Vas solo, hijo?»

«A ver a mi madre. En Tetuán.»

«Yo llevo muchos veranos haciendo esta cola con los míos, y nadie habla con nadie. Qué alegría cuando alguien te contesta. Así este año no hago el viaje sola.»

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Un voluntario de Cruz Roja recorre las filas con una caja de botellas de agua. Hamid coge una y le pide otra para la señora. El chico mira hacia la Renault, tarda un segundo de más, y se la da sin decir nada. Hamid se la pasa por la ventanilla y la anciana la deja sobre el regazo, sin abrirla.

Con la primera luz gris del día empiezan a subir los coches. Las filas se detienen al pie de la rampa y el conductor de la Renault baja a comprobar las cuerdas de la lona, con la cara hinchada de haber dormido mal. Hamid aprovecha para saludar.

«Su madre y yo hemos estado un rato de charla. Qué señora tan simpática.»

«¿Mi madre? Mi madre murió en marzo. Es el primer verano que hacemos el viaje sin ella.»

Hamid miró la Renault. La ventanilla del copiloto seguía bajada, y en el asiento vacío, donde había viajado ella todos los veranos, había una botella de agua todavía fría, todavía sin abrir.

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