Relato de ficción ambientado en un lugar real
La casa de Carabanchel que lo hacía todo por él
Carabanchel, Madrid
Íker vive solo en Carabanchel, pero alguien hace sus tareas sin entrar por la puerta. Pronto, esa ayuda empieza a decidir por él.
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En un bloque de Carabanchel, de esos de ladrillo visto con telefonillo de los ochenta, Íker llegó una noche del turno de cierre y se encontró la basura ya bajada.
La bolsa estaba en el rellano cuando salió de casa por la mañana. Lo recordaba porque le dio pereza cogerla. Y ahora no estaba.

«Habrá sido la vecina, que es un cielo. Ya le compraré unos bombones.»
A la semana siguiente fue el lavavajillas. Lo había dejado cargado, sin poner. Al volver, los platos estaban limpios, secos y colocados. Cada uno en su sitio. En su sitio exacto.
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Íker trabajaba diez horas y vivía solo. No preguntó demasiado. Cuando estás agotado, que la vida se te haga sola parece un regalo.

Pero luego fue la compra. Encontró la nevera llena, con las cosas de siempre, las de su lista. Y la lista de la puerta, tachada. Con su letra.
Preguntó a la vecina. Nada. Preguntó al portero, que no había subido nadie en toda la semana. Cambió la cerradura, echó el pestillo de seguridad, y durante unos días la casa volvió a ser suya. Las tareas, también.
Hasta la mañana en que amaneció con la cafetera puesta y el café todavía caliente. Esa noche Íker había echado el pestillo. Y el pestillo solo se echa por dentro.
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Entonces la cosa cambió. Dejaron de ser tareas y empezaron a ser decisiones. En la mesa apareció, envuelto, el regalo que pensaba comprarle a su madre. No el que había mirado por internet: el que tenía en la cabeza. Ese no se lo había contado a nadie.

«Eso no podía saberlo. No lo sabía nadie. Si no lo tenía claro ni yo.»
Un jueves, al volver del trabajo, encontró la última tarea hecha. Su maleta, junto a la puerta. Cerrada, con todo lo suyo dentro, colocado como él nunca supo colocarlo.
Íker no llegó a deshacerla. Al día siguiente su llave nueva ya no abría. Y desde el rellano, con la oreja pegada a la puerta, se oía dentro el lavavajillas. Los vecinos dicen que en ese piso vive el mismo de siempre. Que últimamente se le ve mejor.
Así que si un día encuentras hecha una tarea que tú no has hecho, no des las gracias. Deshazla, y vuelve a hacerla tú, aunque estés reventado. Porque eso no te está echando una mano. Está ensayando. Y el día que sepa hacerlo todo, ya no le harás falta.
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