Relato de ficción ambientado en un lugar real
El último Cercanías de Madrid a ninguna parte
Línea C-3 de Cercanías Madrid
Daniel vuelve de trabajar en el último Cercanías de Atocha cuando el tren se detiene y la pantalla anuncia su nombre en vez de una estación.
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Esto pasó en un Cercanías de Madrid, en el último tren de la C-3 saliendo de Atocha. Si has vuelto a casa de noche alguna vez, sabes cómo suena un vagón vacío.
Daniel volvía de trabajar, medio dormido contra la ventanilla, contando las paradas que le quedaban como cada noche.

El tren frenó donde no tocaba. Un andén a oscuras, sin marquesina, sin nombre en la pared.
Levantó la vista a la pantalla del vagón, esa que anuncia la próxima estación. Y la pantalla no decía ninguna estación.
Decía Daniel.
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«¿Qué...? ¿Esta es la mía?»

Iba medio dormido, acababa de leer su nombre, y las puertas se abrieron justo delante de su asiento. Cualquiera habría hecho lo mismo. Bajó.
Las puertas se cerraron a su espalda y el tren se fue. Entonces lo vio bien: aquel andén no tenía salida. Ni escaleras, ni torno, ni cartel. Solo un banco, y las vías perdiéndose a los dos lados.
«¡Eh! ¡Esperad! ¡Hay alguien aquí!»
Nadie respondió. A lo lejos, siguiendo la vía, se veían las luces de la siguiente estación. Pero caminar de noche por el balasto, entre dos vías activas, era jugarse el cuello.
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Así que hizo lo único sensato: sentarse en el banco y esperar. No sabría decir cuánto tiempo estuvo allí, mirando esas luces que no se movían, intentando no pensar en la oscuridad que tenía detrás.
Hasta que dos faros aparecieron en la vía. Otro tren, completamente vacío, frenó delante de él y abrió las puertas. Daniel subió, porque quedarse era peor.
Aquel tren lo dejó en su estación de siempre y siguió, sin nadie dentro, hasta perderse. Al día siguiente comprobó dos cosas. Que después del suyo, esa noche, no salió ningún otro tren de Atocha. Y que en el plano de la C-3, entre esas dos estaciones, no hay ninguna parada. Puedes mirarlo tú mismo: ahí no hay nada.
Daniel sigue cogiendo ese tren, porque hay que ir a trabajar. Pero ya no se duerme contra la ventanilla.
Así que si vuelves tarde en un vagón vacío y en la pantalla, donde debería estar la próxima estación, aparece tu nombre, no te levantes. No bajes, aunque las puertas se abran delante de ti. Porque esa parada no viene en ningún plano. Y nadie te asegura que el tren que sacó a Daniel vaya a pasar por ti.
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