Relato de ficción ambientado en un lugar real
El puesto de los objetos perdidos en el Rastro
Calle del Carnero, Madrid
En una manta del Rastro, Marcos encuentra objetos que perdió hace años y unas llaves que esa misma mañana dejó colgadas en casa.
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El Rastro de Madrid, un domingo de julio, a esa hora en que la Ribera de Curtidores todavía huele a café y a cartón húmedo. Marcos llevaba media vida bajando cada domingo a buscar vinilos.
Esa mañana se desvió por la calle Carnero, donde los puestos ya no tienen nombre. Mantas extendidas en el suelo, cajas de cartón, cosas usadas. Cosas de otros.

En la última manta, entre llaves sueltas y relojes parados, vio un mechero de gasolina con dos iniciales grabadas. M. R. Las suyas. El mismo que había perdido diez años atrás en una playa de Cádiz.
«Dos euros. Ese lo aparté esta mañana.»
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Marcos se rio. Una casualidad enorme, pensó, mientras pagaba y se lo guardaba en el bolsillo. Entonces lo vio, un palmo más allá: un reloj de correa azul con el cristal rajado. El que él mismo había tirado a la basura cuando dejó de funcionar.
«¿De dónde saca usted todo esto?»

«Aquí no hay nada robado, caballero. Todo lo que ve lo han perdido sus dueños.»
Pagó el reloj sin discutir el precio, con las manos ya no tan firmes. Y al darse la vuelta, algo lo clavó en el sitio: en el borde de la manta había un llavero de corcho, gastado, con tres llaves. El que colgaba en el recibidor de su casa. El que había rozado esa misma mañana al salir.
Lo cogió sin pagar y dio un paso atrás. El viejo no intentó detenerlo.
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«Esas no puede llevárselas todavía. Todavía no las ha perdido.»
Marcos cruzó medio Madrid con el corazón en la boca. Las llaves seguían colgadas en su recibidor, con su corcho y sus tres llaves. Respiró. Luego se vació los bolsillos y se quedó frío: el mechero no estaba. El reloj tampoco. Ni en la chaqueta, ni en el suelo, ni en todo el camino de vuelta.
El domingo siguiente volvió a la calle Carnero. En aquel tramo no había manta, ni cajas, ni viejo. Un vendedor de al lado se encogió de hombros: ahí no monta nadie, ese trozo lleva años vacío.
Marcos le da vueltas desde entonces. Las llaves que cogió sin pagar siguen en su recibidor. Lo que pagó, en cambio, volvió a perderlo. Esta vez para siempre.
Así que si un domingo, en el Rastro, encuentras algo tuyo sobre una manta, sigue andando. No preguntes de dónde ha salido. Y sobre todo, no lo compres. Porque en ese puesto no venden cosas perdidas. Venden las que estás a punto de perder.
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