Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La cuenta de los muertos junto al Llobregat

Río Llobregat, Sant Andreu de la Barca (Barcelona)

Dani oye a un niño contar junto al Llobregat crecido. Al bajar a ayudarlo, descubre que no está solo en la orilla.

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Sant Andreu de la Barca, en el Baix Llobregat. Un pueblo que lleva el río hasta en el nombre, por la barca que cruzaba el Llobregat cuando todavía no había puentes. Dani corre cada tarde por el paseo de la orilla, al salir del trabajo.

Aquella tarde de octubre el río bajaba crecido y marrón por las lluvias. Los abuelos del pueblo tienen un dicho: no os acerquéis al río cuando baja lleno de sangre. Dani siempre pensó que lo decían por el color del barro, pero nunca hizo mucho caso.

Al cruzar la pasarela oyó una voz abajo, junto al agua. Una voz de niño, contando despacio. Dieciocho. Diecinueve. Veinte.

Se asomó a la barandilla. En la orilla había un chaval de unos catorce años, solo, de espaldas, mirando el agua. Estaba anocheciendo, y no se veía a nadie más en todo el paseo.

«¡Eh! ¿Estás bien? ¿Estás solo?»

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«¿Me ayudas a contar? Siempre me pierdo en el mismo número.»

Un crío solo en el río, de noche y con la crecida. Dani bajó por la rampa sin pensárselo. El barro de la orilla estaba blando, y cada zancada le iba dejando la huella marcada detrás.

Desde abajo vio lo que la pasarela no dejaba ver. A lo largo de la orilla había una fila de figuras quietas, de cara al agua, con ropa oscura y pesada, de otro tiempo. Las contó sin querer. Veintitrés.

Ninguna se movía. El niño las señalaba una a una, empezando otra vez desde el principio, mientras la última luz se apagaba sobre el río.

«Veintiuno. Veintidós. Veintitrés.»

El niño se detuvo y se giró hacia él. En la camisa, a la altura del pecho, le crecía una mancha oscura.

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«Falta uno.»

Dani bajó la mirada. Sus huellas venían marcadas desde la rampa, una por una. Alrededor del niño y de la fila, el barro estaba liso. Ni una sola pisada. Retrocedió por donde había venido, sin darles la espalda.

Desde arriba, la orilla estaba vacía. Solo el río, sonando en la oscuridad. Esa noche Dani no pudo dormir, y buscó la historia del pueblo. La encontró enseguida.

En 1865, en tiempos de las guerras carlistas, veinticuatro hombres de una partida capturada cerca de Masquefa fueron fusilados junto al Llobregat, donde estaba la palanca vieja, a unos pasos de la pasarela de hoy. Veintitrés cayeron con la primera descarga. El más joven, un chico de catorce años, no.

Ahora Dani entiende el dicho de los abuelos. El río no baja lleno de sangre por el barro.

Si alguna tarde cruzas la pasarela de Sant Andreu y oyes a un niño contar en la orilla, cuenta con él desde arriba si quieres. Pero no bajes. Su cuenta siempre se para en veintitrés. Y el que falta podrías ser tú.

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