Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La línea cero: el autobús fantasma de la Ponte Romana

Ponte Romana de Ourense

Cada mañana el panel de una parada de Ourense anuncia una línea que no existe, y cada día falta un minuto menos para que llegue.

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Ourense, finales de octubre. Sabela trabaja de madrugada en un obrador del casco viejo. Cada mañana, a las seis y media, espera el primer autobús en la parada que hay junto a la Ponte Romana. A esa hora, la niebla sube del Miño.

En la parada siempre está la misma señora, Dorinda. Abrigo negro, bolso en el regazo, el pelo blanco recogido. Llega antes que nadie. Y nunca se sube a ningún autobús.

Aquel sábado, el panel de la marquesina anunció una línea que Sabela no había visto nunca. Línea cero. Siete minutos. En Ourense no existe la línea cero.

«Será una prueba del ayuntamiento. O el panel, que con esta humedad se vuelve loco.»

Pasaron los siete minutos y no vino nada. Sabela subió a su autobús de siempre y le preguntó al conductor por aquella línea.

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«¿La cero? Eso no existe, rapaza. Llevo veinte años en esta ruta y no la he visto nunca.»

El domingo, el panel volvió a anunciarla. Línea cero. Seis minutos. El lunes, cinco. El número no bajaba mientras esperaban. Bajaba de un día para otro. Cada mañana, un minuto menos.

Dorinda miraba el panel sin extrañarse. Y cada día venía más arreglada: un broche, los zapatos de domingo, los labios pintados. El jueves, Sabela le preguntó a quién esperaba.

«Al mío, hija. Mi Manolo lo cogió hace tres años. Me prometió que, cuando me tocara a mí, me avisarían con tiempo.»

Sabela pensó que la pobre mujer estaba confundida. Pero el viernes, noche de Samaín, el panel marcaba un minuto. Y Dorinda le cogió la mano al despedirse, como quien se despide de verdad.

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La mañana de Todos los Santos, en los portales aún humeaban las calabazas de Samaín. El panel ya no daba minutos. Decía: Línea cero. Llegando. Dorinda se levantó del banco.

De la niebla salió un autobús sin número, con las luces de dentro casi apagadas. No hizo ruido al frenar. Dentro iban pasajeros sentados, muy quietos, todos mirando al frente.

«Ahí está mi Manolo. Tú no subas, que a ti todavía no te toca.»

Dorinda subió y las puertas se cerraron. El autobús giró hacia la Ponte Romana, que es solo para peatones desde hace muchos años, y la cruzó despacio hasta perderse en la niebla.

Al día siguiente, en el cristal de la marquesina había una esquela. Dorinda Pereira Rey, fallecida en su casa el uno de noviembre, a las seis y media de la mañana.

Sabela estaba sola en la parada. Entonces el panel parpadeó y se encendió otra vez. Línea cero. Siete minutos.

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