Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La quinta calavera de la Casa de las Muertes de Salamanca

Casa de las Muertes, Salamanca

Lucía cuenta cada mañana las cuatro calaveras de una fachada de Salamanca, hasta que un día descubre una quinta de piedra recién tallada.

En Salamanca, en la calle Bordadores, hay un caserón de piedra que todo el mundo conoce por su mote: la Casa de las Muertes.

En lo alto de la fachada, entre los medallones, hay cuatro calaveras pequeñas talladas en la piedra. Cuatro.

Elena bajaba por esa calle cada mañana de agosto, camino de casa, con su hija Lucía arrastrando los pies detrás.

La niña tenía su ritual en la esquina. Se paraba, levantaba la barbilla y las contaba en voz alta, siempre en el mismo orden.

«Una, dos, la del diente roto, y cuatro. Buenos días, señoras.»

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Lo del diente roto era verdad: a la segunda por la izquierda le falta un trozo de mandíbula, comida por la lluvia y el humo de cinco siglos.

El martes doce, Lucía se paró como siempre, contó, y se quedó callada a mitad. Luego empezó otra vez desde el principio.

«Mamá. Hoy hay cinco.»

Elena levantó la vista con la sonrisa puesta, dispuesta a seguirle el juego. Había cinco.

La nueva estaba a la derecha de las otras, un poco más abajo. La piedra blanca, limpia, sin líquenes ni churretes, con las líneas del cincel todavía vivas.

Y debajo, en la cornisa, un montoncito de polvo blanco, del que deja una talla recién hecha.

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«Alguien está restaurando la fachada. Es eso. Vámonos.»

En la papelería de la esquina compró una postal antigua del edificio y la miró apoyada en el mostrador. Cuatro. Preguntó por los andamios y le dijeron que allí no había trabajado nadie en años.

Esa tarde volvió sola, sin la niña, y se plantó en la esquina con el móvil en la mano para hacer una foto y llevarla al ayuntamiento.

Entonces se fijó en el tamaño. Las cuatro viejas eran calaveras de persona adulta, del tamaño de un puño cerrado. La quinta era más pequeña. Bastante más pequeña.

Nunca fue al ayuntamiento. Desde ese día suben por la Rúa, den la vuelta que den, y Lucía protesta porque echa de menos saludar a las señoras.

Cuéntalas tú, si algún día pasas por Bordadores. Son cuatro. Tienen que ser cuatro.

Este relato nació como un vídeo

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