Relato de ficción
Silas y la luz que descendió sobre el bosque
Un guardabosques descubre una luz imposible en un claro y siente una fuerza que lo eleva hacia algo que no pertenece a su mundo.

Silas conocía el bosque como la palma de su mano. Cada susurro del viento, cada crujido de una rama, era un lenguaje familiar. Pero esa noche, el silencio era diferente. Pesado. Anormal.
De repente, una luz imposible inundó el claro. No era la luna, ni un rayo. Era una luz que parecía absorber todos los sonidos, todo el aire. Venía de arriba.
Sintió una fuerza que lo levantaba, suave pero imparable. Sus pies dejaron el suelo cubierto de hojas. El pánico dio paso a una extraña calma mientras ascendía hacia la fuente de la luz.
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El interior era tan desconcertante como el exterior. Un espacio vasto, blanco y sin costuras. No había paredes, solo una luz infinita. Y frente a él, una figura.
No hablaron con palabras. Las ideas, las imágenes, fluyeron directamente a su mente. Vio galaxias naciendo y muriendo, civilizaciones ascendiendo y cayendo en un abrir y cerrar de ojos cósmico. Le mostraron el universo no como un lugar, sino como un pensamiento.
Le mostraron su propio mundo, la Tierra, como una pequeña y frágil canica azul. Vio los hilos del tiempo, el pasado y el futuro entrelazados. Entendió que no eran visitantes, sino jardineros. Y la humanidad, una de sus flores más impredecibles.
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No le hicieron daño. No experimentaron con él. Simplemente compartieron. Le dieron una perspectiva que ningún ser humano había tenido antes: la de un universo consciente de sí mismo.
El regreso fue tan suave como la partida. Se encontró de nuevo en el claro del bosque, tumbado sobre la hierba húmeda. La luz se había ido. El silencio normal había vuelto.
Miró sus manos, el bosque, el cielo estrellado. Todo parecía igual, pero para él, nada volvería a ser lo mismo. Ya no era solo un guardabosques. Era un testigo.
Nadie creyó su historia, por supuesto. Se convirtió en una leyenda local, el guardabosques loco que hablaba con las estrellas. Pero a Silas no le importaba. Cada noche, miraba al cielo y sonreía, guardián de un secreto tan vasto como el universo mismo.
Este relato nació como un vídeo
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