Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El silbido entre la niebla de Navaleno

Navaleno (Soria)

Mientras busca boletus en un pinar de Navaleno, Lidia sigue el silbido de su compañero, hasta que una llamada pone todo en duda.

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Navaleno, Soria. Primer sábado de octubre, ocho de la mañana. Ha llovido toda la semana, la niebla sigue enganchada a los pinos y en la pista forestal ya hay una fila de coches con cestas de mimbre en el maletero.

Lidia y Óscar llevan diez otoños viniendo a por boletus. Ella, con su anorak verde. Él, con un chaleco naranja para que se le vea entre los troncos.

Nada más entrar en el pinar, Óscar se agachó junto a un tronco caído y levantó el primer boletus de la mañana.

«¡Lidia, aquí hay!»

Tienen un silbido propio: dos notas, la segunda más aguda. Si uno silba, el otro contesta igual. Así se encuentran en el pinar sin tener que gritar.

«Si me pierdes de vista, quédate quieta y silba. Yo voy a ti.»

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Una hora después, Lidia estaba de rodillas junto a un corro de boletus, cortándolos con la navaja. Al levantarse, no vio ningún chaleco naranja en la niebla.

Silbó. Dos notas. La respuesta llegó enseguida, exacta, pero desde abajo, desde donde el pinar se cerraba y la pista quedaba a su espalda.

Sonaba a veinte pasos, detrás de un desnivel. Para tan poca distancia, no tenía sentido quedarse esperando. Lidia cogió la cesta y fue hacia allí.

Detrás del desnivel no había nadie. Volvió a silbar, y la respuesta sonó otra vez, un poco más lejos. Lidia pensó en el eco del valle. Siguió bajando.

«¡Lidia, aquí hay!»

Las mismas palabras de esta mañana, con el mismo tono, entre la niebla. Lidia apretó el paso. Entonces le vibró el móvil en el bolsillo. En la pantalla ponía Óscar.

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«¿Dónde te has metido? Llevo media hora en el coche, en la pista.»

«Pero si te acabo de oír. Me has llamado desde abajo.»

Sin colgar, Lidia le mandó la ubicación con la única raya de cobertura que le quedaba.

«Estás a más de un kilómetro de mí. Tardo veinte minutos. No te muevas.»

La llamada se cortó. Lidia se quedó de pie, con la cesta en la mano, sin silbar. Pasaron dos minutos. Entonces, a su espalda, muy cerca, sonaron dos notas. Unos pasos crujieron sobre la pinocha y se detuvieron justo detrás de ella.

«Quédate quieta y silba. Yo voy a ti.»

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